26 feb. 2014

APUNTES SOBRE EL ODIO


 
“Dejen de agredir. Dejen de quemar. Dejen de mentir. Y sobre todo,
¡dejen de odiar a este país!”
Waika, la respondona
Maria Centeno, Ciudad Caracas, 23 de febrero de 2014

Sí, hay odio en las voces de quienes protagonizan los sucesos violentos que nos han conmovido a partir del 23 de enero, cuando unos personajes decretaron  que había que incendiar las calle buscando la salida de un Presidente legítimo y constitucional y de su gobierno: “Cubanos, váyanse a la mierda”, “A este pueblo no le gusta sino la mierda”, “Monos”, “Malditos chavistas de mierda, los mataremos a todos”, “Asesinos, cobardes. jalabolas de Maduro”, este último improperio dirigido a soldados de la Guardia Nacional.

Hay odio en las palabras de las pancartas que se levantan en marchas y guarimbas: “El chavismo es ignorante, ciego, violento, manipulado”, “El país no necesita licencia de quinta sino licenciatura de primera” (refiriéndose sin duda al Presidente).

Hay odio en las acciones que destruyen edificios de instituciones públicas o privadas,  autobuses, estaciones del metro.

Hay odio en los alambres de púas, en los clavos regados en las calles y ahora, como nueva modalidad, las guayas, capaces de decapitar.

Sí, hay odio manifestado abiertamente una y otra vez, desde hace 25  años, exacerbado hoy cuando la violencia destructiva de quienes se consideran con el derecho a destruir, a desconocer, a buscar un atajo no democrático, sale a las calles una vez más.

El odio es más que una emoción, aunque mantiene una de sus características, la de mover. No es mera descarga de agresividad. El odio es la expresión de la pulsión de muerte. Todos y todas podríamos decir que se está contra el odio, por eso no es fácil  saber de qué se trata y en qué concierne  a uno o una misma.

Podríamos pensar en que hay dos clases de odio. Aquel que surge en el sujeto porque se siente privado de algo (real o imaginado), es el sentimiento de fracaso que invade la vida, de haber sido atropellado, tratado injustamente. Estos sentimientos justifican muchas veces el odio contra el mundo, que termina por consumir a quien lo porta, pero que también, cuando es bien manipulado desde  afuera, puede  cristalizar en acciones violentas, muy dañinas contra  personas y cosas.

El otro tipo de odio, el que  invariablemente hace mucho daño y no conoce la culpa, es por ejemplo, el odio del racista. Una conversación sostenida por unos jóvenes en una panadería del este de Caracas, que sin duda venían de las  “protestas” en la zona,  ilustra esta forma del odio. Ellos discutían acaloradamente sobre si el joven motorizado Elvis Durán, asesinado la noche del viernes 21 de febrero en el sector de Horizonte, Ave. Rómulo Gallegos, debió haber visto o no la guaya que lo mata, cuando intentó pasar por la barricada, y además,  por qué  este  muchacho, que venía de un día de trabajo,  no se había detenido al ver la guarimba. En todo caso, la culpa era del joven y nunca expresaron de alguna forma el horror por el hecho, y/o  apuntaron a señalar alguna responsabilidad de quienes extendieron  y sostuvieron esa guaya.

En este tipo de odio se trata de un odiar lo que no se soporta del Otro, su manera de vivir, su forma de ser, su forma de gozar; es algo más que no soportar la diferencia.  Diría que va más allá de la lucha de clases. Implica una forma de idealizar las propias condiciones de vida y de ser y hacer, y de rechazar violentamente otras maneras de vida, del ser, del disfrute y las costumbres. En fin, se trata de una intolerancia al ser del Otro, y que lo suyo particular no es el todo, que hay algo que se les escapa y el Otro lo tiene. Esto es lo intolerable y lo que hay que atacar. Lo increíble, en el caso venezolano, es que los que lanzan los improperios e injurias son quienes han sido los privilegiados en el devenir social.

Frente a esas manifestaciones del odio, ¿qué nos queda, cuando el amor nos ha sido sembrado en la forma del discurso y la acción  durante 15 años de este proceso bolivariano? Tengamos conciencia que la intolerancia no nos quite la confianza, la paciencia y la esperanza.

María Antonieta Izaguirre
Psicóloga Clínica

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