19 abr. 2013

EL RUIDO DE LAS CACEROLAS



El ruido de las cacerolas no sólo aturde a quienes estamos sometidos a escucharlas, sino también a quien la interpreta tan desafinadamente y vulnera la propia capacidad de sus oídos. Si ese ruido producido por la multitud volátil (concentrada de 8pm  hasta las 8.30pm) no logra articular un discurso que permita expresar las diferencias, contraponer los puntos de vistas, con su respectiva concepción de Democracia, pronto estaremos ahogados en un concierto en red que comienza en un país y aparece rápidamente en otro, hasta convertirse en un nuevo contenido massmediático, de efectos  especiales, en  la reencauchada  manera de hacer protesta  política.  Tal ruido impide  hacer uso de los medios institucionales, (bajo la creencia que los Gobiernos los tienen secuestrados y a su servicio), aunque el Estado nos abarque a todos.
En esta pugna por el Poder los mecanismos, instrumentos y garantías conquistados históricamente parecen vaciarse de contenido, de legitimidad, y una pataleta de los líderes de la oposición montados en el estrado político, en la tarima virtual de los medios arengan  a sus seguidores a hacer catarsis política contra personas y bienes que nos pertenecen a todos.
Esa catarsis hoy en Venezuela dejó sin vida a 8 personas. Por su puesto, “yo sólo toco la cacerola, no disparé, ni maté a nadie”, podrían expresarme cada uno de mis vecinos, quienes ahora me miran con sospecha, por cierto.  Ese ruido aturde, esconde, atenta contra toda posibilidad de diálogo. El fin es que no haya espacio para que las ideas contrastadas, sometidas a prueba puedan ir fortaleciendo el entendimiento humano, el de todos. Aquí hacemos una gran pataleta, el ruido de las cacerolas es su   metonimia, de ese modo damos paso al  descontrol del que sucumbe ante sus propias emociones y luego se desresponsabiliza de ellas.
Difícilmente podremos avanzar en la construcción de la Paz, sino asumimos la violencia simbólica de la cual somos portadores, de esa que me enorgullezco cuando me detengo ante la puerta de mi vecino, contrario a mi opción política, y le rebano los sesos con el cucharón hostil que con fuerza dejo caer, también sobre mi alterado cuerpo.
El autoaturdimiento se convierte en un mal augurio, muestra  la patente contradicción del que dice: “quiero que hablemos” y cierra su escucha  para validar sus propias ideas. Sino me conmuevo ante lo que el otro me dice, sino interrogo lo que el otro me dice, sino le pido que me dé argumentos, sino lo invito y no me exijo a mi mismo a dejar entornada la puerta, a reconocerme necesitado del otro, vulnerable, en plena construcción y deconstrucción de mi  propia humanidad, terminaremos deshabitándonos, convirtiéndonos en consumidores de imágenes y discursos  saciados de odio. 
Por una paz sin edulcorantes, por una Paz donde el compromiso por alcanzar una convivencia real, con sus altos y bajos, sea el accionar cotidiano de cada uno de nosotros.                  

María José Aponte L. C.I. 7.284.784. Psicóloga


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