9 oct. 2013

REVOLUCIÓN AFUERA, REVOLUCIÓN ADENTRO



De cuando en cuando recuerdo lo que dijo el gran Julio Cortázar refiriéndose a su “descubrimiento del prójimo”  tras la experiencia de la revolución cubana. Según su propia confesión, había vivido buena parte de su vida (nació en 1914) refugiado en sí mismo, buscando algo impreciso, sin rostro, que sin embargo le exigía esfuerzos y le lanzaba a distintas aventuras espirituales canalizadas a través de la literatura. Quizás el punto álgido de esta situación lo encontremos en Horacio Oliveira, el protagonista de Rayuela, publicada precisamente en 1963 cuando la revolución cubana apenas veía luz. En algún momento de la novela, Oliveira corrige a otro personaje diciendo (no es exacto, porque mi memoria tampoco lo es) que no es que intente abandonar las cosas, sino más bien que ellas le abandonen a él. Esto encuentra su correlato en el propio Cortázar, quien en una entrevista comentó que su existencia antes del mencionado “descubrimiento del prójimo” podía encerrarse en la frase “que me dejen en paz”. Era –parece- una especie de soledad militante, no una mera situación de soledad en la que vivía el escritor. Nunca dejó de buscar, y después de Rayuela nos dejó novelas y cuentos memorables que dan fe de ello. Sin embargo, el horizonte de su búsqueda se amplió considerablemente al abarcar al prójimo, y con esto, de no tener forma ni rostro, se hizo cuerpo, sangre, palabra; se concretó en el otro, diríamos. Pues bien, decía al principio que de cuando en cuando me pasa por la mente esta experiencia de Cortázar porque es lo que constato en muchos de nosotros, no ya por una realidad foránea (que no importaría nada que así fuera) sino por lo que sucede en nuestro propio país y de lo cual tenemos que sentirnos actores, sujetos activos, protagonistas. Muchos nos estamos redescubriendo a la par que todo el país se está redescubriendo, muchos nos hemos visto por primera vez cuando antes, a pesar de estar años en proximidad física, éramos mutuamente ciegos. Antes de 1998 y en términos generales, mi generación (tengo 37 años) parecía habitar un limbo de comodidad, desinterés y hasta de estupidez. La sociedad tonta y adolescente llegaba a su apogeo y viendo las cosas en perspectiva es como si nada hubiese sucedido en aquellos años, a no ser estafas, triquiñuelas “verdiblancas” y muchas rumbas bañadas de whiskycito. Ahora las cosas son considerablemente diferentes: vivimos un proceso que nos viene sacudiendo sin tregua, exigiéndonos saltar de nuestros espacios de comodidad hacia la participación y la construcción. El venezolano pendejo, vacío, sin sustancia, se está transformando lentamente en alguien que lee, estudia, discute,  reflexiona y actúa. No obstante, es una fantasía estéril que creamos que las viejas prácticas, las antiguas actitudes, los viejos hábitos han sido superados. No es así. En Venezuela todavía está muy arraigada lo que podríamos llamar la “cultura de la imagen” y la “cultura del adolescente con billete”. Esto entre otras muchas cosas, pero esas dos me parecen fundamentales. Para la cultura de la imagen es prioritario el tener antes que el ser; el valor personal se establece según lo que se haya acumulado, el éxito se mide por los logros objetivos, externos, asociados principalmente con lo material y con cierta “estética” de lo material, es decir, con la moda. Para esta cultura lo imprescindible es hacer ostentación, ya que de lo contrario se sufre una precariedad ontológica: “no tengo, no existo”. En un proceso sociopolítico y económico que avanza hacia el socialismo, constatamos cotidianamente la más radical voracidad consumista, a la par que Estados Unidos. Quizás no sea lo más feliz recurrir a anécdotas personales, pero debo decir que he conocido a muchos “revolucionarios” cuyo non plus ultra de felicidad es poder comprarse una camioneta último modelo y llenarse el pescuezo de joyas. Se atragantan con discursos socialistas, pero parecen unos oligofrénicos frente al último modelo de teléfono celular, un yate o un vasito de escocés. En sí mismas -quizás sobre decirlo-, estas cosas no son necesariamente productos del infierno, pero la excesiva atención a ellas como expresión de la realización personal, más aún en supuestos revolucionarios, lo considero abyecto. Todo “revolucionario” que se haya enriquecido notablemente o que busque hacerlo debe ser denunciado, desplazado y condenado. Aquí no puede haber intocables y debemos ser todavía más severos con los funcionarios del gobierno, quienes deben ser ejemplo de congruencia y moralidad revolucionaria.
En relación a la “cultura del adolescente con billete”, seguimos en el plan de no asumir responsabilidad por nuestras acciones, demandar cosas que nosotros mismos deberíamos gestionar (con la ayuda u orientación del Estado, claro está) y de irrespetar la convivencia ciudadana a pesar de los logros alcanzados, como se dijo antes. En buena medida, cada quien todavía mira para su lado y se planta inmaduramente frente a las autoridades exigiendo, exigiendo y exigiendo, pero sin disposición a dar y a sacrificar en la medida de lo justo y conveniente sus parcelas de comodidad. Estamos acostumbrados a que se nos regale, pero no a construir. Creemos que nos lo merecemos todo ofreciendo el mínimo esfuerzo y siempre la culpa (o la solución) es del otro, especialmente  un otro poderoso. La idea de que “yo” estoy para que me resuelvan los problemas (o también para que me los “siembren”) sigue viva en la cultura del venezolano. Tal y como sucede con el adolescente, la culpa siempre es de los demás. Todavía no existe a gran escala una cultura de la organización, la responsabilidad y el “nosotros”. Si así fuera, botar basura en la calle, colocar música a todo volumen hasta altas horas de la noche, conducir como me dé la gana serían conductas apenas existentes porque entendería que no estoy solo, sino que soy parte de un colectivo, de una ciudad, de un país que se ve afectado por lo que hago y que a su vez me afecta.
Sabemos que los cambios profundos no se efectúan de la noche a la mañana sino que son procesos largos y problemáticos donde hay mucho de sufrimiento, de caos, de incertidumbre. Nada importante en la historia de la humanidad se ha alcanzado dibujando una sonrisa bobalicona sino saliendo de los acostumbrados espacios de comodidad. Para realizar las revoluciones colectivas tenemos que observar qué tan revolucionarios somos en nosotros mismos, qué estamos dispuestos a cambiar, cuánto sufrimiento somos capaces de tolerar, cuánta responsabilidad podemos asumir. Estamos en un momento histórico maravilloso que requiere el concurso de todos en lo individual y en lo social. Necesitamos estudiar más y participar más; necesitamos más autocrítica. Creo firmemente que el ritmo de lo revolucionario a gran escala se sostiene en buena medida en la metanoia individual.
JOSÉ MANUEL HERNÁNDEZ DÍAZ
Psicólogo Social

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