28 sep. 2015

INMIGRACIÓN




En una época como la actual, de movilización de grandes grupos humanos, el tema de la inmigración está sobre la mesa. Refugiados, desplazados, exiliados, expatriados, transeúntes y como una contrapartida… los pasajeros de ida. Sobre éstos centraré estas notas. Frente al sufrimiento revelado en todas las épocas, a través de la literatura, relatos orales, poemas, novelas, pinturas, ensayos, después en el cine, y ahora, las imágenes trasmitidas por noticias y redes sociales revelan el padecer de miles, pero a diferencia de las formas anteriores, revisten un carácter de “objetividad”, de vistazo rápido, de vuelo de pájaro para posar el interés en otra noticia. A veces la imagen, una imagen expresión del sufrimiento y desamparo, nos llega y se queda, pero luego viene, en algunos casos la duda y entonces, la pregunta ¿sería un montaje?

Las primeras formas llegaban a la subjetividad y la reflexión sucesiva, favorecía el acercarse a la raíz del asunto. Sin ser explícito, sin embargo, se podía ir más allá de las víctimas, para encontrar las determinaciones cercanas y las últimas del malestar social.

Ahora, veamos el asunto de nuestros pasajeros de ida. Digo nuestros porque me voy a referir a ese fenómeno de los últimos años, de los miles de ciudadanos venezolanos, especialmente jóvenes que prefieren buscar fortuna, bienestar, “seguridad” en otro país, especialmente los del norte, países en muchos casos, de donde sus padres o alguno de sus ascendientes son originarios. Mientras éstos se consideraron inmigrantes, aunque después se borrara esa identidad para quedar solo el recuerdo, la falta, lo ideal, la nueva generación no se considera así, con su pasaje de ida en la mano, y aunque hablen de lo triste de la despedida, no tomarán la identidad de inmigrantes. Si bien me refiero a las circunstancias venezolanas, en muchos de los países latinoamericanos también se ha producido situaciones semejantes.

No quisiera que éstas notas se lean como un juicio a las decisiones de otros. No soy quien puede juzgar una decisión, en ningún caso fácil, de quienes buscan la felicidad personal o familiar, el desarrollo profesional en otro lugar, en otra ciudad, en otro país. En todo caso es algo a lo que se tiene derecho. Algunos desde hace muchos años han decidido con dolor, me consta, y por varias razones, quedarse en el exterior. Si pongo en cuestión la actitud, el desarraigo, el desprecio y hasta la rabia, con el que algunos y algunas, deciden marcharse (¿se oculta allí el dolor? no lo sé), tal como manifiestan aquellos que protagonizaron un famoso video, los de “me iría demasiado”. Por eso, la expresión pasaje de ida. Especialmente quienes se excusan porque no hay otra manera de decirlo, se excusan, repito en la situación política, en “el régimen” que no les permite “desplegar sus alas y volar en libertad”. Y especialmente aquellos que habiendo obtenido de la vida (y de sus padres y de este país) muchos beneficios, cuando se marchan lo hacen en las mejores condiciones y por eso jamás se considerarán inmigrantes. En todo caso, inmigrantes son los pobres. Y allí tenemos el asunto de clase, de lo cual no se quiere reconocer, pensar ni hablar.

Detengámonos por un momento en quienes aluden a un exilio político, a los “perseguidos”. De los republicanos españoles que arribaron a Venezuela puedo decir poco, más allá de los relatos hablados o escritos. Conocí muy pocos y de estos siempre aprecié su dignidad frente al dolor y al duelo. Pero viví de muy cerca el sufrimiento, el exilio de quienes vinieron del sur del continente entre finales de los años sesenta hasta los ochenta. Que salieron de su país en medio de la amenaza de muerte, de la desaparición, de la prisión y de la tortura. Mientras que he presenciado la despedida de algunos que, con cierta arrogancia, quizás cubriendo la incertidumbre o la tristeza, desconocen y niegan la experiencia del verdadero exilio, de dejar un país ensombrecido, familiares desaparecidos, amenazas reales de muerte y no por la violencia delincuencial, que es nuestro caso, que no negamos que son índices altos, que preocupa, que generan un gran sufrimiento pero no es lo mismo que la violencia y el terrorismo de Estado padecida en la época de las dictaduras del sur.

Hay estadísticas aunque no es mi interés comentarlas. La variedad de las razones y las motivaciones para la inmigración es grande, tal como sucede en cualquier fenómeno de lo humano. Hemos notado aquellos que se van por aspirar a una vida más tranquila, bienestar económico, una profesión mejor pagada y ejercida con menos dificultad y que responde a la información que reciben desde el extranjero. A veces, en el logro de estas metas no se mide exactamente el costo, en todos los órdenes que significa el desarraigo. Otras veces, hay personas que llegan a una cierta edad y siempre aspiraron a vivir en otro país, especialmente el país origen de alguno de los padres y que se valen de la posibilidad de la doble nacionalidad y reconocen que llegó el momento de cumplir su aspiración. En estos casos lo que he notado es que desde siempre había un sentimiento de no pertenencia resaltando las dificultades, las características del venezolano, de lo venezolano, por ejemplo el desorden, la ilegalidad, el no respeto a las leyes, la suciedad… En algunos casos bajo estas expresiones se oculta el racismo, el desprecio por el pobre. No hay duda, que los últimos años, con el gran movimiento de inclusión que se ha materializado durante los últimos 15 años y durante el proceso bolivariano, los prejuicios, en ciertas clases, o en los aspirantes a ellas, se han acentuado. Un caso extremo, le escuché a un joven de 19 años, siendo toda su familia venezolana, decir que no quería saber de este país y su gente, que incluso quisiera poder hablar sin el acento venezolano. Y este es un joven que ha disfrutado con creces del bienestar logrado por sus padres, de los mejores colegios y con un acceso a la universidad pública que, sin embargo, desprecia.

Muchos, en el apresuramiento de marcharse, no se dan tiempo de pensar en lo que significa dejar la tierra. Algunos, parece, no tienen bien inscrito el significante patria. Ante la elación del logro hay un mecanismo de negación que se pone en juego y no se quiere saber, no se quiere pensar ni sentir. El lenguaje pone en múltiples palabras esa vivencia de quienes, según comenta José Solanes, un republicano español quien llegó a nuestra tierra en los años cuarenta: desterrado, salido, traspuesto, desplazado, extrañado, despatriado, transterrado, desrielado. Con el tiempo quizás contemos con muchos testimonios de los efectos subjetivos de estas partidas, más allá de las de algunos escritores que actualmente viven fuera del país. Aprenderemos, entonces, de lo que significa salir del lugar originario hacia una nueva posición en la que el yo y sus otros se ven desde una nueva perspectiva.

Lo que se ha dejado atrás puede ser usado para lamentarse o puede proveer unos lentes que permitan ver de otra manera, las circunstancias actuales y al país que dejaron atrás. Al menos, la gran mayoría nada les impide regresar, a diferencia de alguien como Edward Said, palestino, quien, como a millones de palestinos no se les permitió ni se les permite regresar a su tierra. Cuando Said habla de su exilio y de la identidad dice: “una perturbadora, invalidante y desestabilizadora herida secular, esencia de lo cosmopolita de la que no existe recuperación posible, ni un decidido sosiego estoico ni siquiera la posibilidad de alcanzar dentro de sí misma un estado de reconciliación utópica”.

Por último, me cuestiono qué hemos hecho o dejado de hacer para que muchos de nuestros ciudadanos, especialmente los jóvenes, no construyeran un sentimiento de Patria y en todo caso, qué tenemos que implementar para quienes permanezcan, internalicen la necesidad de la Patria, de preservarla y servirla.


Solanes, José. (1991) Los nombres del exilio. MonteAvila. Caracas
Said, Edward. (2000) Reflections on Exile. Harvard University Press. USA

María Antonieta Izaguirre
Psicóloga. Docente jubilada.




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